
UNA, ÚNICA Y GRAN BATALLA - Relato de Dane Vera.

El viento recitaba a gritos, la lluvia golpeaba el suelo pidiendo auxilio y yo corría sin rumbo. Pero la historia había empezado el día anterior.
Desperté cansado y harto de la vida. Nadie está preparado para ver morir a su hijo. Su final llegó en un hospital, tras meses obligándome a aceptar lo inevitable. Su corazón enmudeció, agotado. Después de enterrar a mi hijo, mi vida fue otra: aquel fue el final y, al mismo tiempo, el principio de mi segunda vida.
La relación con mi mujer se rompió; llevaba años rota, pero ya no quedaban motivos para seguir juntos. Un año después. No tenía trabajo, ni amigos, ni nada por lo que luchar.
Antes trabajaba en las oficinas de una empresa de logística; me despidieron poco después de empezar mis problemas. Las faltas continuas y una actitud penosa fueron el detonante.
Ahora vivía de un cheque que me proporcionaba el Estado; ni siquiera era suficiente para cubrir los gastos básicos. El banco embargaría mi casa en unos meses. Debía dinero a media ciudad y, honestamente, me importaba una mierda.
Me quedaba un día de vida y quería aprovecharlo. Un año malviviendo era motivo suficiente para no querer seguir viviendo. Estaba decidido: solo quería disfrutar un día y terminar con todo.
Pensé que ducharme sería un buen inicio. Imaginé el agua caliente acariciando mi cuerpo, pero la realidad era muy distinta: el agua salía fría; hacía meses que me habían cortado el gas. Aun así, me sentí limpio.
Abrí el armario para elegir la ropa con la que moriría. Toda estaba arrugada y en mal estado. Lo único decente eran mis trajes. El último que había usado fue para el entierro. Me pareció buena idea terminar mi vida con el mismo traje con el que despedí a mi hijo: traje negro, camisa blanca y zapatos marrones. Elegante.
Mi pelo estaba descuidado y mi cara estaba demacrada, pero tenía un plan.
Salí de casa con una energía falsa y una sonrisa indecente. Lo primero: un café, corto y sin endulzar. A pocos metros estaba la barbería a la que solía ir antes de abandonarme. Al entrar, el dueño dibujó una sonrisa, pero yo no estaba para cortesías ni para perder el tiempo. En tiempo récord: pelo corto y barba afeitada. Mi cara no estaba en su mejor momento, pero el arreglo mejoró mucho mi imagen.
Salí con la barbilla alta y paso ligero, apreciando un sol que llevaba meses ausente y observando rincones que hacía tiempo que no miraba. Cada pocos metros, mi mente evidenciaba la mentira que me estaba contando, pero automáticamente reafirmaba mi voluntad y seguía adelante.
Había mucha gente en la calle. Dudé si no conocía a nadie o si me había olvidado de todos. Pasé junto a una librería; vi libros que no había leído o que quizá también había olvidado. Al cruzar la calle había una gran galería de arte, ahí sí se sobresaltó mi memoria: me vi tiempo atrás, pintando intentos de retratos y abstractos donde mi imaginación se desbordaba.
Me transporté a una época feliz. Por un instante me imaginé de nuevo con un pincel y una paleta llena de colores esperando el contacto. El pensamiento duró apenas un segundo; sabía con certeza que no había tiempo para ello.
Otra nube de recuerdos me abordó. El pintor de batallas. Siempre me gustaron los libros en los que el protagonista era pintor o escritor; me sentía más identificado. El recuerdo de aquel libro reafirmó mi convicción sobre el plan.
Mi vista se detuvo en una coctelería que estaba abierta. Al entrar, la observé con esmero. Era elegante, tanto como yo. Había distintos sofás Chester de distintos colores. Elegí uno negro, negro muerte, y pedí un vodka sour.
No había demasiado que ver ni que hacer allí. Salí rápidamente, con el sabor del limón todavía acariciando mis labios.
Andaba de un sitio a otro; no encontraba atracción en nada. La idea de pasar un buen día de despedida se iba desvaneciendo, diluida entre asfalto y gente ruidosa.
Recordé un documental sobre el suicidio. La mente, cuando se cansa de vivir, se vuelve fría. Y ahí estaba yo, valorando finales: aterrador y fascinante.
Siempre fui un hombre circular, de pensamientos recurrentes; le daba vueltas a todo hasta desgastarlo.
Admiraba la rapidez con la que mi hijo se ilusionaba con algo. Cualquier pequeño detalle lo valoraba y lo hacía feliz. Esos destellos suyos sumaban energía positiva a mi vida; envidiaba esa capacidad de asombro limpio, de alegría sin cálculo.
En el mismo espacio de tiempo, mi relación con mi mujer era ausente. Nos alegrábamos de perdernos de vista. Se había perdido el cariño; solo quedaban el respeto y un plan común. Cuando ese plan desapareció, ya no hubo nada que disimular ni fingir.
Levanté la vista y contemplé un cielo azul que empezaba a dejar de serlo. El sol apenas encontraba huecos por los que colarse; el día se volvía gris, de esos ante los que no apetece presentar batalla.
Yo solo tenía una, única y gran batalla. Desde hacía mucho tiempo: sobrevivir.
Ante mí, una ferretería. Entré sin pensar y pedí una cuerda resistente. El dependiente me preguntó para qué la necesitaba. Estuve tentado de contarle la verdad, de convertirlo en cómplice por un segundo. Dije que era para bajar unos trastos desde un primer piso. Sonreí al salir, consciente de que no había mentido del todo.
Sin lógica aparente, me dirigí al mejor restaurante de la ciudad. Pedí carne, verduras y el mejor vino tinto que tuvieran. La comida era perfecta y me bebí la botella entera.
Al salir, las nubes ya lo cubrían todo. Olía a despedida.
Paré un taxi y le pedí que me llevara a la sierra. El taxista intentó darme conversación; con mi mala educación habitual lo corté rápido. Durante el trayecto, algunas gotas empezaban a reposar sobre el cristal.
Me recordó el día en que murió mi hijo. También llovía. Entonces dolía cada gota. Ahora iba a ser distinto.
El coche se detuvo y bajé en medio de la nada. La lluvia confirmó lo que pensaba: iba a disfrutar cada gota que me rozara.
Busqué un árbol. Ninguno me parecía una buena opción. Hasta que encontré uno que, sin saber por qué, me pareció adecuado.
Me llevó un rato preparar el escenario. Hubo torpeza, intentos fallidos y una negociación absurda conmigo mismo. Al final, todo quedó dispuesto.
Me senté en el suelo para contemplar mi obra. La lluvia estaba enfadada y yo, empapado. Miré al horizonte buscando una última imagen con la que despedirme. Cerré los ojos y respiré hondo.
Lo único que apareció en mi mente fue, otra vez, mi hijo. Mirándome fijamente. Imaginé que me estaba viendo de verdad. Recordé el último día juntos, pidiéndome que no llorara, haciéndome prometerle que estaría bien. Me avergonzó pensar que él había sido más maduro y más sereno que yo.
Los primeros días sin él intenté estar bien. Me obligué a ser fuerte pensando que me observaba desde donde estuviera.
Y entonces me hice una pregunta: ¿qué pensaría ahora mismo, viéndome así?
Toda la seguridad que había tenido desde que salí temprano de casa seguía ahí. Pero aquella visión abrió una grieta. No era grande, ni definitiva, pero fue suficiente.
La duda se infiltró despacio, deformando el momento, robándole nitidez.
El viento recitaba a gritos, la lluvia golpeaba el suelo pidiendo auxilio y yo corría sin rumbo.
No sabía hacia dónde me dirigía. La única certeza era que no iba a morir allí.
Iba a intentar vivir.
Por él.
Por mí.

Un relato de Dane Vera.
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