
27 años después - Relato de Dane Vera

Era temprano.
Desperté cansado, sin nada que hacer. Otro día triste se abría ante mí.
Mi teléfono sonó.
Era mi abogado. Me daba una buena noticia. El asesino de mi mujer saldría de prisión en unos días.
Nuestra foto seguía en el mismo lugar de siempre. La miré pensando en él, deseando que hubiera sufrido todos estos años. Por primera vez en todo este tiempo podía hacer algo por ella, algo que prometí aquel día tan lejano.
Mi pereza habitual desapareció. Ahora tenía un plan. Solo debía seguirlo y esperar mi momento. El final dependía de mí.
Llevaba veintisiete años esperando este instante. Todo estaba decidido.
En aquel pasado angustioso, entró en la tienda donde ella trabajaba. Quería robar. Según él, la mató al resistirse y activar la alarma.
No había explicación posible. Debía morir.
Llevaba un mes siguiéndolo, observando sus rutinas, odiándolo con una intensidad que me tensaba la mandíbula cada vez que lo veía. Me obligaba a contenerme para no abalanzarme sobre él nada más cruzarlo.
Él no me reconocía, éramos mucho más jóvenes cuando todo pasó.
Por fin era domingo, el día que había elegido. Él siempre iba a un bar de la zona. A medianoche bajaban la persiana; algunos clientes se quedaban dentro, bebiendo y fumando. Entre las dos y las tres salía y volvía andando a su casa.
Yo también había aprendido mis propias rutinas, acopladas a las suyas.
Seguí el ritual. Me vestí con un traje oscuro y un abrigo largo, mezclándome con la noche. Pedí una copa de vino para entrar en calor mientras observaba el interior del bar a través de las ventanas.
Entonces lo vi aparecer.
Eran las 23:40.
El rostro sonreía, pero los ojos no mentían.
Entró en el bar.
Veinte minutos después, el dueño avisó de que iba a cerrar.
Caminé unos metros hasta donde había dejado el coche y me senté en la parte trasera, con la vista fija en el bar donde estaba él.
Sabía que me quedaban al menos un par de horas de espera.
El tiempo transcurría lento. La ansiedad asomaba cada minuto, reclamando venganza.
A las dos en punto, mis sentidos estaban en alerta. En cualquier momento saldría por esa puerta. No había nadie en la calle.
Las agujas siguieron avanzando.
Eran casi las tres y seguía sin aparecer.
Entonces lo vi.
Había bebido; se notaba a simple vista. Caminaba con dificultad. Pasó frente a mi coche, ajeno a mis miradas. Cuando avanzó unos metros, salí y lo seguí por la acera de enfrente.
Sabía qué camino tomaría. Por eso no me preocupó mantener distancia.
Aceleré el paso, sabiendo que giraría por la siguiente calle.
Mis manos, hundidas en los bolsillos del abrigo, apretaban el cuchillo con fuerza. Lo sentía firme, afilado, impaciente.
Ya lo tenía cerca.
Estábamos próximos a la calle elegida. Antes de llegar, se dividía en dos. Yo tomaría la contraria.
Durante esos metros lo imaginé avanzando por la calle paralela. Seguí andando, pisando fuerte, tensando cada músculo del cuerpo.
Me aproximaba.
Dirigí la mirada a la esquina donde debía aparecer.
Y apareció.
Su mirada seguía apagada.
La mía, llena de ira.
Lo tenía a unos metros.
Pasó por delante de mí sin siquiera mirarme.
Al girarme, pensé en mi mujer. En su sonrisa el último día que la vi. En sus ojos cerrados mientras dormía. Pensé en mí. En todo lo que me había arrebatado.
Enfurecido, sin dudas, actué.
Me dirigí hacia el coche y entré.
El corazón me latía con fuerza. El pulso, desbocado.
No sentí alivio. Sentí euforia.
Una hora después regresé al lugar.
Había gente rodeando el cadáver.
En algunos edificios aún quedaba vida encendida.
Desde una farola cercana, una luz amarillenta bañaba los alrededores.
La Séptima Sinfonía de Beethoven sonaba en mi cabeza.
En aquel instante sabía a muerte.
El ulular de las sirenas anunciaba una visita, y los grillos, enfurecidos, chirriaban como si quisieran hacerse notar. Yo observaba la escena en silencio, curioso y expectante.
Había demasiada gente donde no debería haber nadie. Eran casi las tres de la madrugada y el miedo se reflejaba en los rostros. El asfalto parecía resoplar, exhalando una niebla fina que lo cubría todo. Mis ojos recorrían el perímetro una y otra vez hasta detenerse, en medio del caos, en un cadáver.
Lo observé fijamente. Tanto, que el resto del decorado quedó inmóvil, en silencio, como si estuviéramos solos él y yo. Busqué algún gesto, un movimiento imperceptible, cualquier signo de vida. No hubo nada.
Minutos después llegaron las ambulancias. Lo cubrieron con una manta térmica. Oficialmente, había muerto.
El ambiente adquirió un tono casi festivo: los susurros se transformaron en gritos, los rumores se propagaron y las miradas se cruzaron. Cuando el reloj se acercaba a las cinco, la ambulancia partió hacia ese lugar al que van quienes ya no tienen esperanza.
La policía buscaba pruebas. Yo sabía que no las había. Interrogaban a posibles testigos, pero el único era yo.
Y no pensaba decir nada.
Ya había visto todo lo que tenía que ver. Era momento de desaparecer por alguna de las calles cercanas, y así lo hice: mirada al suelo, paso firme y olvido rápido.
Saqué las manos de los bolsillos. La sangre y los temblores se confundían.
Mi mente insistía una y otra vez: era un asesino.
En el mismo segundo me juzgaba y dictaba sentencia.
Culpable.
Cadena perpetua.
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